viernes, 27 de julio de 2007

La Paradoja de la Noticia

Capítulo I


La Sed de Información.

Es ampliamente reconocido que desde que el hombre es hombre, se ha empeñado en cultivar una de sus características naturales y más básicas: la curiosidad. Sentía la creciente necesidad de explicarse los fenómenos que diariamente ocurrían en su entorno y de qué forma podía dar algún uso a ellos. Este hecho, aunque arcaico y básico, responde a las palabras de García-Noblejas, quien afirma que “todos los seres humanos, por nuestra propia naturaleza, tenemos la necesidad de saber cómo son y están las cosas para poder saber a qué atenernos y así actuar libremente y con acierto.”(Galdón, 2001, pág. 148).

Desde este punto de partida, surgieron todas las formas primitivas de creencias mágico-religiosas y las narraciones (generalmente, transmitidas de forma oral) que cada cultura difundía sobre el origen de la humanidad y de su propia historia.

Esta búsqueda de la información fue evolucionando con el paso de los siglos, quienes trajeron consigo diversas técnicas de sistematización y nuevas tecnologías, que provocaron el surgimiento de un primario oficio informativo. Si bien esta forma primitiva del periodismo era extremadamente limitada por el poder de las diversas formas de gobiernos no democratizadores y el de los organismos eclesiásticos, fue un punto de partida importante para el posterior acontecer de la historia universal occidental en todos sus aspectos.

Ya en plena edad contemporánea, el periodismo dio indicios de aquello: comenzó a actuar en los ámbitos sociales y políticos, en todo su esplendor. Para gran parte de las autoridades monárquicas de los siglos XVIII y XIX, la prensa representaba “un instrumento de desorden y sedición, que se dedicaba a aflojar todos los vínculos de obediencia y de subordinación, a utilizar los mecanismos de la autoridad pública, a envilecerla ante la opinión pública y a crearle problemas en todo momento.” (Albert, 1990, pág. 52). En este sentido, el periódico se convirtió en un símbolo de resistencia a la política absolutista del siglo XIX y se configura como un impulsor socio-político en sí mismo, un productor de tendencias y realidades.

La Noticia y el Bien Social.

Como ya hemos establecido, los procesos que se llevaron a cabo durante los siglos de la era contemporánea, fueron clave para definir la finalidad y el objeto del periodismo, en su contexto de actor social. Para el mejor entendimiento de este ensayo, es necesario ahondar en este punto.

Como impulsor de la conciencia social y política de sus lectores, la prensa fue dando pasos cada vez más significativos en el trabajo histórico de occidente. Es esta concepción de la noticia como un bien social, la que la convierte en una entidad de gran poder e influencia, “ya que impulsada por la fuerza misma de su expansión o reivindicar más la libertad y a eludir los obstáculos que las autoridades ponían en su camino, la prensa, por su influencia política, fue uno de los factores esenciales del progreso de las ideas liberales y de la adaptación de los conocimientos y de las mentalidades a las nuevas ideas y realidades de la vida económica, social y cultural.” (Albert, 1990, pág. 51)

En este sentido, los medios de comunicación dejaron de actuar únicamente como puentes entre la información y el público interesado, adquiriendo un rol dinámico en el que el periodismo se asumía como un forjador de conciencias, de cambios en todo ámbito (social, político, económico) y ejercía una influencia democratizadora de la sociedad. Mar de Fontcuberta, explica esta situación de los medios como “constructores y no meros espejos, de una sociedad que los acataba como únicos referentes.” (Fontcuberta, 1998, pág. 16).

A partir de esta condición, los medios periodísticos asumen, de la misma forma, una responsabilidad social determinante. Ya no estaban en una posición externa con respecto a los hechos que informaban y de los cuales se alimentaba la historia de sus contextos nacionales e internacionales, sino que pertenecían a ellos y, más importante aún, ejercían un cierto control y manipulación, ya que como señala Fontcuberta: “ello significaba aceptar que las noticias no existían al margen de los medios, sino que eran éstos quienes decidían qué hechos eran noticia o no, y por lo tanto, quienes administraban el material informativo del que iba a nutrirse la opinión pública.”(Fontcuberta, 1998, pág. 16).

Con ello, el periodismo comenzó a forjar una escala de valores presuntamente estable y de bases sólidas, en las cuales su aspiración máxima era la libertad, ya sea como entidad mediática impulsada a dar conocer responsablemente los hechos que acontecían en su entorno de influencia y de asegurar que aquella información llegara fiel y objetiva al público que la demandaba. Las condiciones en que esta teoría ideológica se desarrolló hasta antes de 1914, fueron óptimas para la expresión de aquella libertad de expresión e impresión, estableciéndose como actor social y alcanzando la victoria, que durante siglos, había sido solo una utopía en la constante pugna contra los gobiernos autoritaristas.

El poder de la noticia se alzaba, ante los ojos de un occidente aparentemente próspero, como un bien social capaz de ser un elemento unificador y democratizador de las sociedades.

La expansión de la Prensa.

Si bien la prensa había echado raíces en el curso de la historia de la humanidad occidental, su acceso a ella era, si no extremadamente limitado, muy dificultoso. El periódico se constituía como un “producto caro y escaso a principios del siglo XIX, limitado a la élite muy reducida de los favorecidos por la fortuna y la cultura.”(Albert, 1990, pág. 46)

A partir de esta situación y en la medida en que la prensa fue tomando la fuerza explicada en las líneas anteriores, surgió entre los periodistas y responsables de los medios, la necesidad de expandir su sector de influencia a los estratos sociales populares, que significaban también la mayoría de la masa social.

Las condiciones para hacerlo estaban al alcance de la mano: existía una instrucción crecientemente generalizada, el proceso de urbanización iba en un desarrollo progresivo y la elevación del nivel cultural afectaba tanto a las clases acomodadas, como también a la burguesía y a cierto grupo más desposeído. Sumado a esto, el incremento y la influencia de los sindicatos obreros eran evidentes y determinantes en el ejercicio político, laboral y social.

Albert señala al respecto: “el periódico vio como su consumo se extendía a nuevas etapas sociales en los medios de la pequeña burguesía y después del pueblo llano de las ciudades.”(Albert, 1990, pág. 46).

Esta serie de condiciones y la progresiva diversificación de los gustos del público hacían del periódico el único instrumento capaz de satisfacerlos.

No obstante, la tarea propuesta no era fácil. Los temas políticos y culturales que los medios de fines del siglo XIX difundían, eran muy poco entendidos por el público masivo al cual estaban aspirando. Por otra parte, los costos de fabricación e impresión de los periódicos eran altísimos y los dueños de las empresas periodísticas veían cada vez más estrechas sus posibilidades de inversión.

Para solucionar aquello, la prensa entró en un mundo nuevo, que en nuestros tiempos es ya un viejo conocido: la publicidad. Los recursos que ofrecía este nuevo servicio (ajeno al de informar) permitió que los costos de fabricación disminuyeran y de esta manera, disminuyeran también los precios de venta.

En cuanto al contenido, la competencia de un mercado periodístico cada vez más variado obligó a los periódicos integrar nuevas secciones más llamativas para los sectores populares, entre ellas “se creó la novela folletín, que se convirtió en uno de los principales atractivos del periódico y contribuyó en gran medida a su éxito”(Albert, 1990, pág. 56)

El abaratamiento de costos también indujo a los medios el simplificar la información proporcionada: se supo satisfacer los gustos y curiosidades de un público que tenía una cultura muy primaria.

De esta forma, el periodismo lograba superar el flagelo del ejercicio comercial, diversificando sus temas y expandiendo su influencia a un público extraordinariamente masivo. El fin del flagelo se obtuvo con la misma herramienta con la que los medios obtuvieron su libertad: la fuerza de la información como bien social. Se transformaban en actores de un juego de capitalismo creciente, en donde la noticia se reconfiguraba como un producto comerciable, que dejaba un tanto de lado su rol reflexivo y ético en función de su masividad y simplificación.

Este nuevo escenario, instaura una paradoja en los principios que hasta ese momento sustentaban a la prensa. Si bien el ingreso del público masivo era una meta pendiente en cuanto a los ideales de integración y democratización que ostentaba el periodismo, el ingreso de la publicidad como fuente rentable para esos fines, generaba, a su vez, un cambio enorme: se comenzaba a privilegiar la propaganda al contenido.

Finalmente, este acontecimiento tiene dos lecturas: La primera de ellas advierte el ingreso de los medios al quehacer económico como una posibilidad de profesionalizar el oficio periodístico, de obtener adelantos técnicos y otorgar un producto de calidad. La segunda, no obstante, nos habla de un estado vicioso que silencioso, pero creciente, se iba apoderando de los ideales informativos, que luego de las Guerras Mundiales se incrementaría y produciría consecuencias, hasta ese entonces, insospechadas.

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